Arquitectura del operar real

Mejorar no es definir mejor, sino intervenir en el operar real. Un enfoque para entender dónde mirar y cómo actuar para lograr cambios efectivos.

Hablamos mucho de transformación, mejora continua y cambio organizacional. En tu experiencia, ¿cuántos de los esfuerzos con esas intenciones viste que rindieron los resultados esperados?

No fallan por falta de intención, ni de definiciones. Las organizaciones suelen tener claro hacia dónde quieren ir. Lo complejo está en cómo integrar esas definiciones en la realidad del operar cotidiano.

Este artículo habla sobre cómo lidiar con esa complejidad, con apoyo en lo que efectivamente está ocurriendo. Es allí donde las mejoras deben encajar… o se esfumarán.

El operar como punto de partida

En el contexto de negocios actual, de crisis superpuestas (Polycrisis), complejidad creciente y presión competitiva intensa, mejorar no es una opción. Es una condición de subsistencia. Más aún, las organizaciones están bajo la presión de aprender a mejorar cada vez mejor.

Ahora bien, las mejoras no parten de la nada, sino de la forma en que cada organización se encuentra operando. Eso que llamo la Arquitectura del Operar.

Teóricamente, ese operar debería reflejar la misión, la estrategia y las definiciones formales. Pero la realidad suele reflejar algo diferente. La diferencia se manifiesta en lo cotidiano: fricciones, decisiones que traban el avance, clientes insatisfechos, oportunidades malogradas.

No son anomalías aisladas. Son expresiones del operar real. Allí está el problema que este artículo busca abordar, ya que cualquier intento de mejora tendrá que lidiar con esa realidad. No con las definiciones, sino con lo que está ocurriendo.

El límite de las definiciones

Podríamos pensar que el problema se resuelve mejorando la definición y la comunicación de la misión, la estrategia, los procesos y los procedimientos. De hecho, si los revisamos, casi siempre los encontraremos perfectibles.

Pero cualquier esfuerzo que empiece en la cúspide será improductivo si no logra impactar el operar real. Ahí aparece un gran desafío, porque ese “bajar” no es lineal. Es lento, trabajoso, reiterativo, y con alto riesgo de resultar inefectivo.

En el camino, lo que se definió como ideal empieza a adaptarse a las interpretaciones, urgencias y limitaciones de cada nivel de la organización.

Los mandos medios y los equipos operativos no “implantan” lo definido. Lo traducen. Lo ajustan. Buscan hacerlo posible… o lo vuelven irrelevante. Por eso, buenas definiciones y refuerzos desde la dirección son necesarios, pero insuficientes. Orientan, alinean y dan sentido, pero no operan por sí solas.

Son el mapa, no el territorio. Y la transformación debe ocurrir en el territorio, donde el trabajo fluye con sus fricciones y desvíos. Esta perspectiva es lo particular de mi enfoque.

Dónde mirar para intervenir

Si el operar real no se corrige desde las definiciones, ¿dónde mirar para intervenir? No es posible —ni útil— observar todo. El operar de una organización es demasiado amplio y dinámico.

En la práctica, la propia realidad ofrece un criterio. Muestra qué no fluye, genera reclamos o malogra oportunidades. Ese “dolor” organizacional puede aparecer difuso, pero suele ser evidente para quienes tienen responsabilidad sobre los resultados.

Esas evidencias permiten enfocar la atención. No sobre las definiciones formales, sino sobre el flujo real del trabajo. Sobre la cadena de valor en la que esos problemas se manifiestan.

En organizaciones que ejecutan proyectos para terceros, ese foco suele aparecer en los extremos: clientes insatisfechos, entregas cuestionadas, oportunidades que no se concretan.

Esos son buenos puntos de partida. No porque expliquen todo, sino porque permiten empezar a mirar en detalle. Así, además de identificar problemas, la organización desarrolla su capacidad de mejorar.

El error de diagnóstico

Cuando se observa el operar en los puntos donde más duele, aparece un patrón frecuente. Se adjudican los problemas a la ejecución de proyectos concretos.

Casi automáticamente se pone el foco en la gestión del proyecto y en el equipo que lo ejecuta. Tiene lógica: es donde el problema se hace visible. Pero ese enfoque suele quedarse en la superficie.

Si buscamos entender qué posibilitó cada problema, no aparece sólo una falla puntual. Surgen debilidades organizativas, como formas de trabajar inconvenientes, criterios poco claros e interdependencias mal resueltas.

El proyecto no crea esos problemas. Los expone. Por eso, intervenir sólo sobre él implica dar tratamiento local a los efectos, sin modificar aquello que los genera. El resultado puede mejorar circunstancialmente, pero el problema tiende a repetirse.

Mejorar de verdad implica otra cosa. Exige partir de lo visible… para analizar las condiciones que lo hacen posible.

Cómo intervenir en el operar real

Cuando aceptas que el problema no se resuelve actuando sobre lo visible, la cuestión pasa a ser entender —y modificar— aquello que lo hace posible.

Ahí aparece una dificultad práctica: hay que encontrar algo que no está explícito. No está en los procesos ni en los procedimientos, ni en los reportes. Está en cómo trabajan las personas interdependientes.

Para esta observación, no alcanza con mirar desde afuera. Es necesario convocar a quienes participan en ese flujo de trabajo. No como objeto de análisis, sino como protagonistas de la observación y la deliberación.

Cuando revisan en conjunto cómo se relacionan sus tareas —qué necesitan, qué reciben, qué entregan— identifican desajustes que normalmente pasan inadvertidos.

Ahí empieza a generarse impacto. No imponiendo soluciones, sino creando condiciones para que esas interdependencias se entiendan y se redefinan en conjunto.

En ese trabajo, las definiciones de alto nivel orientan, pero deben compatibilizarse con lo posible en la práctica. Y cuando eso no ocurre, las tensiones deben hacerse explícitas.

Así no sólo se mejora el operar. También se desarrolla la capacidad de mejorar.

Conclusión

Mejorar el operar de una organización no es sólo definir mejor lo que debería hacerse. Es intervenir, con criterio, sobre lo que efectivamente está ocurriendo.

Eso implica observar el operar real, entender sus interdependencias y trabajar con quienes lo sostienen día a día. No como ejecutores de cambios definidos por otros, sino como protagonistas de su propia mejora.

En ese proceso, la organización no sólo resuelve problemas: aumenta su capacidad de aprender a mejorar.

No me aceptes. Discurre. ¿Y si miras, con otros cercanos, cómo está fluyendo hoy tu trabajo?

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